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Imagen de Pilar Emitzin

Últimamente, estoy más reflexiva que combativa aunque mi cuerpo rebose de energía por dentro. Y es que sí, llevo unos días que me duele todo más de lo normal. Y las noticias que se me arrojan no hacen más que intentar convencerme de que otro mundo no es posible, pero yo sé que no es cierto. Incluso he desconfiado de mi propio blog, por más que lo visitaba, por más que comenzaba a escribir, no surgía nada que tuviese sentido. Hasta el compás provocado por el sonido de las teclas me resultaba molesto. Más tarde me he dado cuenta de que no, que éste es un espacio seguro, un espacio que no me daña. Todo lo contrario, este blog y su proceso de construir historias tiene tiempos propios, unos tiempos libres y pausados, unos tiempos que respetan el descanso y la pereza. Unos tiempos que saben entender la tristeza. Quizás por eso he estado varios meses sin escribir nada de nada. Porque este espacio no me exige producir.

 

Y ahora que lo hago, ni siquiera sé a dónde quiero ir a parar. Es todo un sinsentido.

Últimamente estoy más dolorida que otra cosa. Sí, me pesa la mirada, y es que llevar gafas violetas, no es tarea sencilla. A veces me percato de que llevo minutos paralizada observando una escena que me indigna. A veces esa escena se manifiesta frente a mí, otras, soy parte de ella, sufriéndola, o tratando de evitarla, o ambas cosas.

Me chirrían los oídos, me tiemblan los labios. Sí, sobre todo ante la escucha de sandeces machistas normalizadas gracias a los privilegios masculinos, y me veo cuestionándome si contestar o no, si desgastarme o no. Y tras mi auto debate, me digo: “¡A la mierda, va, contesto!”.

Por eso también mi cuerpo se queja. La respuesta a cada una de las agresiones machistas, empodera, pero también desgasta. Defenderse es agotador aunque inevitable, reaccionar conlleva siempre un riesgo, además de oportunidades. Y por todo esto, el cuerpo se adolece. Sí, el cuerpo se alza una y otra vez, a cada mañana al poner un pie en el suelo, y se percata de todo lo que queda por hacer para llegar a construir la sociedad que algunas queremos, las relaciones que nos harían felices, las necesidades que verdaderamente nos harían perseguir lo imprescindible.

No quiero habitar un mundo que odia a las mujeres, tal y como ahora sucede. Los que se escandalicen al leer esto, que se vayan a la mierda, eh…, no perdón…, quería decir, seguid leyendo. Porque sí, el mundo nos odia. Y algunos me piden que deje ya de hablar de hombres y mujeres, y que lo haga sobre las personas. Pero lo siento no puedo, porque si obviase el género, estaría obviando las miles de desigualdades que vivimos las mujeres, las miles de agresiones, las miles de injusticias, sólo por el hecho de ser eso, mujeres. Así que de momento, me niego.

Y es que mirad, no quiero regresar a casa, sola, de noche y con miedo; no quiero que ningún desconocido juzgue mi cuerpo, mi apariencia, no quiero su opinión, ni su mirada lasciva, ni su cuerpo aproximándose. No quiero viajar con amigas y que la gente pregunte que a dónde y por qué vamos tan solas; no quiero sostener la carga de tener que estar siempre guapa, de que sólo exista un tipo de belleza perfecta; no quiero que me toquen más veces el culo en las discotecas, en los centros sociales, no quiero que me toquen sin mi consentimiento. Y es que mirad, no puedo soportar más que nos violen y se nos cuestione si lo merecíamos o no; no me apetece soportar que nos asesinen, a diario, de diversas maneras, hombres, instituciones y leyes, en todo el mundo…, no puedo soportar más los titulares de la prensa para contarlo; no puedo soportar escuchar más experiencias de violencia por parte de las parejas o ex parejas de mujeres de mi entorno.

Y es que mirad, hay que alzarse de una vez por todas ante las estupideces, porque nunca más el concepto de feminismo debería ser explicado, dejad de ensuciarlo con vuestras voces llenas de ignorancia, llenas de intención de perpetuar nuestra doblegación. Hay que alzarse ante la idea de que estamos hechas para los cuidados de los demás, hay que alzarse contra el poco valor que este sistema capitalista les otorga. No queda otra que alzarse cuando se nos pregunta si tenemos intención de ser madres, cuando se nos despide por quedarnos embarazadas, cuando se nos da una píldora anticonceptiva antes de entrar al trabajo para evitarlo, sí señores, eso sucede. También, hay que alzarse contra el tipo que abre sus piernas en el Metro, en el bus, mientras invade nuestro espacio vital; contra el que nos interrumpe al hablar porque considera que su idea es más importante. Hay que alzarse cuando se nos inculca que somos más débiles, como si fuese algo natural, biológico, innato… a más de alguno le retaba yo cuerpo a cuerpo en la tierra abatida, como dice el grupo musical La Raíz.

En definitiva, mujeres, hay que alzarse. Porque podría seguir narrando todo aquello que nos oprime cada día, pero entonces haría una lista interminable, entonces sólo sentiríamos rabia, y no se trata de eso.

Los días de bajón no son novedosos, y eso es bueno porque sabes que los superarás. Cuando comencé a escribir esto, me imaginaba a todas las mujeres que podían sentirse como yo, atacadas, cansadas, impotentes… No por aquello de mal de todas, consuelo de tontas, si no por lo bonito que sería sentirnos manada. Lo somos pero no siempre lo sabemos. Lo somos pero no siempre actuamos en colectivo. ¡Alcémonos mujeres, alcémonos y hagámoslo juntas!

Pero bueno tranquilas, que después de la tormenta, siempre vuelve la lucha. Así con más energía que nunca, para hacer vibrar cinco continentes, como dice esta canción:

 

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4 comentarios sobre “Un mundo que odia a las mujeres

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    1. Hola, muchas gracias por tu comentario, me ha llenado de energía. Voy a poner que la imagen es tuya, porque es genial y porque es lo justo, cuando la encontré no pude averiguar de dónde procedía.

      Y desde ya sigo tu página y desde ya también te abrazo.

      Me gusta

  1. Extraordinariamente ilustrativos tus artículos y muy bien escritos, además. A los hombres, incluso los que nos consideramos feministas, a veces nos cuesta mucho ponernos en la piel de vosotras. Por eso es necesario no olvidar que el feminismo hay que mantenerlo vivo e integrarlo en nuestra vida hasta que este completamente normalizado y absorbido en el día a día. Mi esposa, mi hija y mi hijo suscribirian tus artículos al 100%.

    Ánimos y un abrazo.

    Le gusta a 1 persona

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